La condesa de Campo Alange, la gran señora del ensayismo en español

Tomado de La Gaceta

Se cumplen 25 años de la muerte de esta pionera intelectual. Es una de las principales defensoras de los derechos de la mujer y anticipó la decadencia de Europa. J. M. Ballester Esquivias. Madrid

El 9 de julio de 1986 fallecía en Madrid, a los 84 años de edad, María de los Reyes Laffitte, condesa de Campo Alange, una de las intelectuales más singulares del siglo XX español y, también, una de las más desconocidas para el gran público.

De hondas y tempraneras inquietudes intelectuales, su irrupción en el entonces aletargado panorama intelectual español se produjo en 1948 con la publicación de La secreta guerra de los sexos, un rotundo alegato a favor de los derechos de la mujer. La fecha de publicación del ensayo tiene su interés, pues precede en un año a la de El segundo sexo, la obra señera de Simone de Beauvoir.

“La Historia propiamente dicha es la que el hombre hace; la de la mujer es la que ella vive”, escribió. Y se preguntaba: “¿Estamos seguros de que la mujer ha sido alguna vez lo que ella quiso ser? Es decir, ¿pudo ser en algún momento ella misma?”. Argumentaba Laffitte que la larga marginación de las mujeres a lo largo de la Historia no se debe a una supuesta inferioridad innata, sino a que la dominación masculina les había impedido desarrollar sus capacidades, lo que redundó en perjuicio de la humanidad, privada, así, de la contribución que el sexo femenino habría podido realizar.

Teoría y práctica

El ensayo fue todo un éxito –ha sido varias veces reeditado, la última en 2009– y el primer eslabón de una cadena de libros que Laffitte dedicó al estudio de la mujer y a la reivindicación de su causa. Los otros fueron La mujer como mito y como ser humano, La mujer en España, Habla la mujer. Y de la teoría a la práctica. Laffitte impulsó el Seminario de Estudios Sociológicos sobre la Mujer, referencia para esas entidades tan extendidas hoy en ámbitos institucionales y académicos.
Dicho esto, la condición femenina no copa toda la obra de Laffitte. La condesa de Campo Alange manejó géneros como la narrativa –en 1959, La flor y la esponja mereció encendidos elogios por parte de Gregorio Marañón– y la biografía. Sin olvidar De Altamira a Hollywood, un estudio sobre las relaciones entre arte y ciencia.

En Mi atardecer entre dos mundos, su segundo libro de memorias, Laffitte hace un balance algo agridulce de la época contemporánea: saluda los avances de los derechos de la mujer, muestra fascinación por Daniel Cohn-Bendit, pero se muestra decepcionada por la irrupción de la pornografía y la degradación moral de España y advierte la decadencia de Europa.
Por ejemplo, describe con ironía la Conferencia de Helsinki de 1975. “Me recuerda a una junta de médicos: […] Europa está enferma y vieja y los jefes de Estado se reúnen para salvarla de la muerte”. ¡Qué clarividencia!

Dalmacio Negro: “Las facultades de letras están tomadas por el pensamiento radical”

Tomado de: Negro, D. (31 de julio de 2011). Las facultades de letras están tomadas por el pensamiento radical. (G. Intereconomia, Ed.) La Gaceta, págs. 42-43.

Miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Dalmacio Negro es uno de los pensadores más originales y profundos de la filosofía política en español. Por ello, su voz tiene especial autoridad a la hora de realizar un peritaje de la actual situación cultural y política que atraviesan tanto España como Europa.

-¿Cómo valora usted el pensamiento político que se está impartiendo en la universidad española?

-Hoy día, en España se conoce todo tipo de pensamiento político, pero muchas veces se transmite con una fuerte dosis de ideología, habitualmente de tendencia socialdemócrata, aunque hay casos más extremos. La situación depende de las facultades. En las de Economía tiende a prevalecer el pensamiento liberal, aunque a veces se olvida la libertad de trabajo, que es lo que no existe en gran parte de Europa ni, desde luego, en España. En cambio, en las facultades de letras tiende a predominar un pensamiento radical, artificial, que es fruto de la revolución culturalista del 68. Ese pensamiento político más extremista, por un lado, está fuertemente influido por la teología de la liberación pero, por otra parte, es completamente ateológico, incluso diría ateiológico. Es un pensamiento para la acción y no tiene grandes vuelos. Por lo demás, el nivel me parece bastante aceptable.

-¿Cómo interpreta la creciente volatilidad de la opinión pública, tan dada a bandazos?

-Citando a Finkielkraut, el pensamiento se ha destruido. Hoy en día no se piensa. Si acaso, se reflexiona. Hay un irrealismo total, que es producto de la pérdida de la realidad de los europeos. El pensamiento actual, un tanto evanescente, se justifica por la emoción y apela a los instintos, aunque también hay mucha gente que no se deja llevar por esta tendencia.

-A su juicio, ¿cuál es la causa del actual desprestigio en España de la figura del intelectual?

-En el sentido corriente de la palabra, me parece bien que se desprecie al intelectual. Estamos acostumbrados a que, desde que empezó la Transición, aparezcan manifiestos de intelectuales. Miramos los nombres y ¿quiénes salen ahí? Hay de todo, pero creo que, si esos son los intelectuales, el desprecio está justificadísimo.

-En los actuales planes educativos, el estudio de los clásicos se encuentra prácticamente abandonado. ¿Se ha perdido el sentido de transmisión cultural? De ser así, ¿por qué?

-Este es uno de los problemas gravísimos de la cultura europea en general y de la española en particular. Hay una lucha contra la tradición. Al decir tradición, no quiero decirlo en el sentido tradicionalista de aferrarse al pasado, sino de la tradición creadora, de la conocida frase de Eugenio D’Ors de que “lo que no es tradición es plagio“. Es un eco de la Revolución Francesa, que quería partir del año 0. Es el adanismo, la vuelta a Rousseau, el partir de un estado de naturaleza que no existe. En consecuencia, las sociedades europeas se desintegran, pues predomina un individualismo que, al mismo tiempo, es colectivista.

-El fenómeno de los ‘indignados’, ¿son viejos totalitarismos bajo un nuevo ropaje o es la hipertrofia de la sociedad del bienestar?

-No dice mucho a su favor que se apoyen en el librito de Stéphane Hessel, que es un panfleto ridículo. Según mis noticias, ha tenido un efecto bumerán, porque ha hecho que gente que no coincide nada con sus ideas haya empezado a reflexionar sobre la naturaleza del sistema. Hay gente que empieza a pensar que vivimos sometidos al consenso socialdemócrata, aunque no sepan decirlo así.

La socialdemocracia

-En este sentido, parece que las últimas encuestas sobre intención de voto indican que el proyecto socialdemócrata cada vez convence a menos gente en toda Europa.

-La situación es así. Hay un cansancio con todo este socialismo. Porque la socialdemocracia es lo que sobrevive del socialismo, que se ha reforzado con la revolución culturalista del 68. La socialdemocracia, en el fondo, no es más que una confabulación de las oligarquías políticas con las oligarquías financieras, mediáticas y comerciales, tal y como se está viendo en la manera de resolver la actual crisis.

-Usted ha afirmado que “el mayor problema político español del siglo XX ha sido nuestra versión del socialismo”. ¿Por qué?

-Ha habido socialistas serios: Besteiro y algunos otros. Pero, en general, el socialismo español ha sido mesianismo y resentimiento. No se parece al socialismo europeo, sino que es una mímesis del leninismo y del estalinismo, de la idea de revolución. Con las consabidas excepciones, es de una calidad ínfima en todos los sentidos. ¿Qué intelectuales socialistas hay de valía? Prácticamente ninguno. Al principio, a Ortega y Unamuno el socialismo sí les parecía una solución, pero en seguida dejaron esas ideas porque vieron que aquello no iba a ninguna parte. Es una cosa de resentidos, de gentes de poca calidad y, en gran parte, de buscadores de empleos.

La clase media

-¿Considera usted que la clase media española ha perdido peso y energía moral?

-Antes la clase media era emprendedora. Pero, con Felipe González, el Estado empezó a estar en todas partes, a controlarlo todo, a desindustrializar España, a preferir el turismo. Hay un hecho importante: el socialismo originario siempre ha tendido a la industria por ser lo innovador. Sin embargo, aquí, con el pretexto de las reconversiones, han empezado la desindustrialización. Parece que lo nuevo para este socialismo español es el turismo y el folclore. Ahora mismo, con la crisis que hay, si tuviéramos una industria potable habría más empleos. La clase media de hoy, si quiere emprender un pequeño negocio, tiene controles y trámites administrativos por todas partes, tiene que pagar impuestos antes incluso de que el negocio funcione, por lo que está muy desanimada y prefiere el empleo público.

-A su juicio, ¿cuál es la causa fundamental del marasmo por el que están pasando España y Europa?

-Creo que es el olvido de las tradiciones de la conducta, que son fundamentales para orientarse en el mundo, tanto individual como colectivamente. Se trata de crear sociedades artificiales con todos estos reglamentos, prohibiciones, mandatos y órdenes que controlan la vida natural. Por ejemplo, la industria de Europa, que no tiene libertad de trabajo por culpa de la legislación de los partidos y los sindicatos, y no puede resistir la competencia de los países emergentes. Además, hay un problema terrible en Europa, que en España es más acusado: la demografía. En España, yo creo que hasta está mal visto tener hijos, en vista del interés que se tiene en que aborten las mujeres. Creo que este es el problema más grave. Y todo esto va a incidir en las pensiones, en mantener el nivel de vida, en la falta de progreso.

-¿Qué solución propondría usted para cambiar el rumbo que actualmente parece haber tomado Europa?

-No tengo ninguna solución. Diría que recuperar el sentido común. Menéndez Pidal, con gran sorpresa, descubrió que las instituciones visigóticas resucitaron siglos más tarde en los tiempos de la Reconquista. Quizás podría ocurrir lo mismo. ¿Por qué no puede recuperarse el sentido común de generaciones pasadas?