¿Violencia de género o doméstica?

El presente documento es una réplica de un documento de ABC de 29/12/2011 de MANUEL CASADO VELARDE

Un nuevo y doloroso caso de asesinato de una mujer a manos de su pareja, un varón de 71 años, con el correspondiente comunicado del Ministerio de Sanidad e Igualdad, ha puesto sobre el tapete el debate sobre el nombre que debe darse a estos crímenes: violencia machista, violencia sexista, violencia de género, violencia doméstica o en el entorno familiar, violencia sobre la mujer, etc. Se comprueba una vez más que las palabras no son algo indiferente: las palabras importan. Y mucho.

Cuando el año 2004 se discutía lo que luego sería la Ley orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de protección integral contra la violencia de género (BOE 29.12.2004), la Real Academia Española, tan poco dada a terciar en polémicas, se pronunció, por razones estrictamente idiomáticas, en contra de la expresión violencia de género, proponiendo sustituirla por violencia doméstica o por razón de sexo. En efecto, el novedoso empleo de la palabra género, calcado del inglés, contravenía los usos lingüísticos del español. La Academia apelaba a la corrección idiomática, al uso común que hace la gente de la lengua: la palabra género, como todo el mundo sabe, hace referencia al género gramatical, o sea, al masculino y femenino. Pero he aquí que tropezaba con otro tipo de «corrección», al parecer más poderoso: la corrección política, la nueva ortodoxia que dicta lo que es políticamente correcto. Y los anatemas de los guardianes de la nueva ortodoxia no se han hecho esperar, empezando por la anterior ministra del ramo, Leyre Pajín, que ha instado a Ana Mato a que deje de decir «violencia en el entorno familiar» y emplee «violencia de género», como manda la ley.

Se comprueba que el debate, que parecía concluido con la publicación de la ley, no se cerró en firme. Y es que el término «género» es deudor de una determinada ideología. Y es en el marco de ese sistema ideológico donde adquiere su significado. Es sabido que, en ese sistema, la palabra género ha dejado de significar lo que significaba en español (y antes también en inglés gender), es decir, género gramatical, para pasar a designar un constructo cultural desvinculado del sexo, esto es, de lo bio-psicológico, nuevo campo donde se libran ahora las batallas dialécticas de opresores y oprimidos, de desigualdad y dominio.

A los efectos que pretende la citada ideología, la elección de la palabra género no puede ser más acertada, pues designa algo que se pretende que sea solo cultural, convencional, arbitrario incluso: decimos, por ejemplo, que mano tiene género femenino, que pie es masculino, que rana (para referirnos a ambos sexos) es femenino y que sapo (también para los dos sexos) es masculino, etc. Lo cual viene a concordar con el núcleo del sistema ideológico, que afirma que la identidad de género (léase sexual) de las personas es algo cultural, independiente de la biología o de la psicología. Con palabras de Simone de Beauvoir: «La mujer no nace; se hace». Se puede ser hombre con cuerpo femenino, y al revés, según Judi Butler, una representante del feminismo radical. Si ser hombre o mujer se considera algo meramente cultural, emancipado de la biología, el término género (que tiene, como digo, carácter cultural) es preferible a sexo.

El nuevo concepto ha hecho fortuna en el lenguaje políticamente correcto de amplios círculos intelectuales de Occidente. Se cree que, con la corrección política, se erradicarán las actitudes que se consideran nocivas, por el simple hecho de reemplazar palabras de uso corriente con neologismos de nuevo cuño. Esta corriente de lo políticamente correcto presupone la idea de que, si cambiamos el lenguaje que algunas minorías consideran discriminatorio, cambiará la realidad. «Cambiemos las palabras, y cambiarán las cosas pasaría a ser el lema filosófico-político de muchos que, hasta no hace tanto, seguían la convicción de que, revolucionando la estructura económica, se modificaría en consecuencia el arte, el derecho, la mentalidad de la gente, en suma, la «superestructura». De esta nueva conciencia, o concienciación, se seguiría la corrección de la realidad» (J. A. Martínez).

Por otra parte, el método de la corrección política, como ha escrito con agudeza el catedrático de la Universidad de Oviedo J. A. Martínez, consiste en sustituir términos de la lengua común «por denominaciones de nuevo cuño, inéditas, ideadas en los gabinetes del lenguaje políticamente correcto».

Si la inquisición de lo políticamente correcto sigue su ritmo actual, llegará un momento, que no parece ya lejano, en que se nos prohibirá mencionar la palabra aborto, pues la ley lo que regula es la interrupción voluntaria del embarazo (Ley orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo) o eutanasia (Andalucía cuenta ya con su Ley 2/2010, llamada «de muerte digna»), por poner solo dos ejemplos, relativos al comienzo y final de la vida humana.

MANUEL CASADO ES CATEDRÁTICO DE LENGUA ESPAÑOLA EN LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Dalmacio Negro: “Las facultades de letras están tomadas por el pensamiento radical”

Tomado de: Negro, D. (31 de julio de 2011). Las facultades de letras están tomadas por el pensamiento radical. (G. Intereconomia, Ed.) La Gaceta, págs. 42-43.

Miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Dalmacio Negro es uno de los pensadores más originales y profundos de la filosofía política en español. Por ello, su voz tiene especial autoridad a la hora de realizar un peritaje de la actual situación cultural y política que atraviesan tanto España como Europa.

-¿Cómo valora usted el pensamiento político que se está impartiendo en la universidad española?

-Hoy día, en España se conoce todo tipo de pensamiento político, pero muchas veces se transmite con una fuerte dosis de ideología, habitualmente de tendencia socialdemócrata, aunque hay casos más extremos. La situación depende de las facultades. En las de Economía tiende a prevalecer el pensamiento liberal, aunque a veces se olvida la libertad de trabajo, que es lo que no existe en gran parte de Europa ni, desde luego, en España. En cambio, en las facultades de letras tiende a predominar un pensamiento radical, artificial, que es fruto de la revolución culturalista del 68. Ese pensamiento político más extremista, por un lado, está fuertemente influido por la teología de la liberación pero, por otra parte, es completamente ateológico, incluso diría ateiológico. Es un pensamiento para la acción y no tiene grandes vuelos. Por lo demás, el nivel me parece bastante aceptable.

-¿Cómo interpreta la creciente volatilidad de la opinión pública, tan dada a bandazos?

-Citando a Finkielkraut, el pensamiento se ha destruido. Hoy en día no se piensa. Si acaso, se reflexiona. Hay un irrealismo total, que es producto de la pérdida de la realidad de los europeos. El pensamiento actual, un tanto evanescente, se justifica por la emoción y apela a los instintos, aunque también hay mucha gente que no se deja llevar por esta tendencia.

-A su juicio, ¿cuál es la causa del actual desprestigio en España de la figura del intelectual?

-En el sentido corriente de la palabra, me parece bien que se desprecie al intelectual. Estamos acostumbrados a que, desde que empezó la Transición, aparezcan manifiestos de intelectuales. Miramos los nombres y ¿quiénes salen ahí? Hay de todo, pero creo que, si esos son los intelectuales, el desprecio está justificadísimo.

-En los actuales planes educativos, el estudio de los clásicos se encuentra prácticamente abandonado. ¿Se ha perdido el sentido de transmisión cultural? De ser así, ¿por qué?

-Este es uno de los problemas gravísimos de la cultura europea en general y de la española en particular. Hay una lucha contra la tradición. Al decir tradición, no quiero decirlo en el sentido tradicionalista de aferrarse al pasado, sino de la tradición creadora, de la conocida frase de Eugenio D’Ors de que “lo que no es tradición es plagio“. Es un eco de la Revolución Francesa, que quería partir del año 0. Es el adanismo, la vuelta a Rousseau, el partir de un estado de naturaleza que no existe. En consecuencia, las sociedades europeas se desintegran, pues predomina un individualismo que, al mismo tiempo, es colectivista.

-El fenómeno de los ‘indignados’, ¿son viejos totalitarismos bajo un nuevo ropaje o es la hipertrofia de la sociedad del bienestar?

-No dice mucho a su favor que se apoyen en el librito de Stéphane Hessel, que es un panfleto ridículo. Según mis noticias, ha tenido un efecto bumerán, porque ha hecho que gente que no coincide nada con sus ideas haya empezado a reflexionar sobre la naturaleza del sistema. Hay gente que empieza a pensar que vivimos sometidos al consenso socialdemócrata, aunque no sepan decirlo así.

La socialdemocracia

-En este sentido, parece que las últimas encuestas sobre intención de voto indican que el proyecto socialdemócrata cada vez convence a menos gente en toda Europa.

-La situación es así. Hay un cansancio con todo este socialismo. Porque la socialdemocracia es lo que sobrevive del socialismo, que se ha reforzado con la revolución culturalista del 68. La socialdemocracia, en el fondo, no es más que una confabulación de las oligarquías políticas con las oligarquías financieras, mediáticas y comerciales, tal y como se está viendo en la manera de resolver la actual crisis.

-Usted ha afirmado que “el mayor problema político español del siglo XX ha sido nuestra versión del socialismo”. ¿Por qué?

-Ha habido socialistas serios: Besteiro y algunos otros. Pero, en general, el socialismo español ha sido mesianismo y resentimiento. No se parece al socialismo europeo, sino que es una mímesis del leninismo y del estalinismo, de la idea de revolución. Con las consabidas excepciones, es de una calidad ínfima en todos los sentidos. ¿Qué intelectuales socialistas hay de valía? Prácticamente ninguno. Al principio, a Ortega y Unamuno el socialismo sí les parecía una solución, pero en seguida dejaron esas ideas porque vieron que aquello no iba a ninguna parte. Es una cosa de resentidos, de gentes de poca calidad y, en gran parte, de buscadores de empleos.

La clase media

-¿Considera usted que la clase media española ha perdido peso y energía moral?

-Antes la clase media era emprendedora. Pero, con Felipe González, el Estado empezó a estar en todas partes, a controlarlo todo, a desindustrializar España, a preferir el turismo. Hay un hecho importante: el socialismo originario siempre ha tendido a la industria por ser lo innovador. Sin embargo, aquí, con el pretexto de las reconversiones, han empezado la desindustrialización. Parece que lo nuevo para este socialismo español es el turismo y el folclore. Ahora mismo, con la crisis que hay, si tuviéramos una industria potable habría más empleos. La clase media de hoy, si quiere emprender un pequeño negocio, tiene controles y trámites administrativos por todas partes, tiene que pagar impuestos antes incluso de que el negocio funcione, por lo que está muy desanimada y prefiere el empleo público.

-A su juicio, ¿cuál es la causa fundamental del marasmo por el que están pasando España y Europa?

-Creo que es el olvido de las tradiciones de la conducta, que son fundamentales para orientarse en el mundo, tanto individual como colectivamente. Se trata de crear sociedades artificiales con todos estos reglamentos, prohibiciones, mandatos y órdenes que controlan la vida natural. Por ejemplo, la industria de Europa, que no tiene libertad de trabajo por culpa de la legislación de los partidos y los sindicatos, y no puede resistir la competencia de los países emergentes. Además, hay un problema terrible en Europa, que en España es más acusado: la demografía. En España, yo creo que hasta está mal visto tener hijos, en vista del interés que se tiene en que aborten las mujeres. Creo que este es el problema más grave. Y todo esto va a incidir en las pensiones, en mantener el nivel de vida, en la falta de progreso.

-¿Qué solución propondría usted para cambiar el rumbo que actualmente parece haber tomado Europa?

-No tengo ninguna solución. Diría que recuperar el sentido común. Menéndez Pidal, con gran sorpresa, descubrió que las instituciones visigóticas resucitaron siglos más tarde en los tiempos de la Reconquista. Quizás podría ocurrir lo mismo. ¿Por qué no puede recuperarse el sentido común de generaciones pasadas?